Tarifa

Hace casi un año que empecé a publicar en el blog, y a lo largo de todo este tiempo me he dado cuenta de que el mundo de la cocina, gastronómico, foodie o como queráis llamarle, va mucho más allá de publicar una receta con fotos bonitas y apetecibles. Para mi se está convirtiendo en toda una forma de vida, donde cada ingrediente, color, olor y sabor se convierte en toda experiencia. Pero no sólo eso, también he aprendido que el entorno donde disfrutamos de la buena mesa es un factor más que importante, y que son muchos los condicionantes que hacen que cada bocado sea mágico.

Así que un día se me encendió la bombillita y decidí abrir un nuevo apartado en el blog, en donde no sólo hable de la comida en sí, sino de todo lo que hay alrededor de ella. Un espacio donde compartir vivencias, lugares que a partir de ahora se volverán indispensables en mi agenda y que recomendaría una y mil veces a ti, que estás leyendo esto. Voy a intentar que os transportéis conmigo a los lugares por donde voy pisando y podáis sentir de la mejor manera posible, todo lo que yo estaba viviendo y sintiendo al otro lado del objetivo de mi cámara. Y sinceramente, no hay mejor manera de inaugurar este apartado que con una escapadita a Tarifa.

¡Vamos allá! Dale al play y sígueme que nos vamos a la playa.

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Ubicando a Tarifa en el mapa mundi, se encuentra en la provincia de Cádiz, al sur del sur de España y Europa. Justo cuando el continente está a punto de terminarse, ahí empieza ella. Conocida mundialmente por su viento de levante, es punto de referencia para todos los amantes del Kitesurf, Surf y Windsurf. Un pequeño pueblecito blanco costero que ve como su población se triplica en fechas clave como el verano. Tengo la suerte de que está situada tan sólo a una hora en coche de donde yo vivo, y aunque no recuerdo cuántos años tenía cuando mi padre me llevó la primera vez (sí recuerdo el helado de fresa que me comí, yo siempre igual…), creo que no ha pasado más de un año sin que haya ido a verla. Sus calles con huella árabe, su olor a mar, sus playas kilométricas, su inconfundible ambiente surfero… Invierno, otoño, primavera y por supuesto, verano, con amigas, alguna que otra escapadita romántica, de paso o estar varios días, Tarifa me conquistó ese trocito que tenemos en el corazón donde guardamos los lugares que nos hacen felices. Esta vez estuve un fin de semana con «mi mejor amiga del mundo mundial»,  y aunque a él todavía le faltan un par de meses para llegar al mundo, también venía Oliver en la barriguita de mi amiga.

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Llegamos el viernes por la tarde, y antes de instalarnos en el hostal, hicimos una paradita en el camino para darnos un bañito en la playa Valdevaqueros y tomarnos un tremendo mojito para merendar, (mi amiga sin alcohol, ¡por supuesto!) como tenemos por costumbre. El sitio elegido fue el «Beach Hotel Arte y Vida Tarifa», el cual tiene una terraza a pie de playa con tumbonas, mesitas y un gran césped donde tirar la toalla y disfrutar de sus maravillosos cocktails y batidos sin perder de vista el mar. A la derecha Punta Paloma, a la izquierda el pueblo de Tarifa y de frente el atardecer donde con cada sorbito a nuestro mojito y con cada nota de la música ambiental del chiringuito, el sol se va escondiendo a poquitos en el ancho azul. Todo un lujo.

Después nos dirigimos al hostal donde nos quedábamos a dormir la noche del viernes y el sábado, situado ya en el centro de Tarifa. Como he dicho antes, son muchos los años los que llevo yendo a este pueblo y son muchísimos los hostales, casitas y hoteles los que he conocido. Estoy acostumbrada a que sean sitios, que por un precio moderado,  sin personalidad en los que sólo buscas dormir y ducharte para volver a la playa o seguir con la fiesta. Sin embargo con el paso de los años y debido a que la imagen que mostramos de nuestro negocio es uno de los factores más importantes, la cosa ha ido mejorando considerablemente. Tanto ha mejorado, que al llegar al hostal nos llevamos una grata sorpresa por la claridad, limpieza, buen gusto con los pequeños detalles y por la amabilidad de su personal. Recomendable al cien por cien para una escapadita así, su nombre es L’Boutique Tarifa.

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Después de una buena duchita, nos dimos un paseo por las calles del centro buscando un lugar para cenar y terminamos sentándonos en un Mexicano, Ven a Mexico , (os dejo el enlace a Facebook porque no he encontrado su web). Sus nachos caseros al cien por cien, sus burritos y por supuesto, sus margaritas de sabores, son para chuparse los dedos. Además su increíble decoración cuidada al más mínimo detalle con sus preciosas mesas, sillas, paredes ¡e incluso techos! Nos transportan el corazón de México. Si os gusta la comida mexicana tanto como a mi, no dejéis de ir.

FullSizeRender (5)Sin embargo, para mi la joya de la corona, el gran descubrimiento gastronómico de este mini-viaje, ha sido el lugar donde desayunamos los dos días. El Café Azul. 

Zumos, cafés con opción a la leche que más te guste, macedonias, tostadas con varios tipos de panes, crepes, croissants… Todo muy fresco y de gran calidad. Como ellos mismos indican, sus desayunos tienen mucho encanto y una carta tan apetecible y bonita como el sitio en sí. No lo conocía, y ahora me arrepiento de los años que llevo sin desayunar allí (iría todos los días de mi vida…).

Eso sí, aunque la cola va rápida, lo ideal es no ir muy tarde porque gran parte de Tarifa desayuna allí. Indispensable, recomendable y por supuesto, riquísimo. Creo que las fotos hablan por sí solas.

 

 

Tras pasar el día de playa en Bolonia, ya que tuvimos la suerte de que no hacía nada de viento, volvimos al hostal y de nuevo a cenar al centro del pueblo. Tropezamos con un pequeño bar de tapas del que yo ya había oído hablar La Caracola.

IMG_1101Con una carta más que resultona y original, puedes sentarte a cenar en sus ventanales a pie de calle. Su interior de madera sin perder el toque surfero, su implicación con el arte y la sonrisa de su personal que no perdieron, a pesar de que se llenó y les era casi imposible moverse por allí, hacen que tomarte un vino y disfrutar de unas papas con mojo picón, sea todo un lujazo. Hamburguesitas de atún, pollo crujiente cajún, sus empanaditas criollas… Se me hace la boca agua sólo de recordarlo y se me mueven los pies porque además, tienen muy muy buen gusto musical. Chapó.

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Para terminar el fin de semana y acabar de coger fuerzas para volver el lunes al trabajo, pasamos el domingo en la playa de Valdevaqueros. Allí si que teníamos parada obligatoria para comer. Desde que empezamos a ir los veranos a Tarifa, uno de nuestros lugares favoritos siempre fue el Chiringuito Tangana 

A pie de playa, tienes la opción de comer a la carta o de prepararte tu propia ensalada o macedonia. Opciones fresquísimas y llenas de vitaminas para completar un día de playa, ya sea en tu toalla o practicando algún deporte en el agua. Al Igual que el sitio donde estuvimos el viernes por la tarde, cuenta con mesitas, un césped con tumbonas y cojines donde descansar o resguardarte del viento.

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¡Y hasta aquí hemos llegado! Recogemos la maleta, la sombrilla y volvemos a casa mi amiga, Oliver y yo.  A parte de todo lo que os he contado también he de decir que Tarifa tiene una intensa vida nocturna, sus calles se llenan de gente y discotecas tan importantes como Café del Mar, plantaron una sede allí hace ya algunos años. Pero en nuestra escapada el fin de una embarazada de 7 meses y una autónoma algo cansadilla, no era otro que desconectar, descansar y disfrutar de cada bocado. Hemos vuelto con las pilas cargadísimas, os lo puedo asegurar.

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¡Espero que os haya gustado! Y que los lugares os sirvan de referencia si os dejáis caer por este rinconcito del sur.

¡Nos vemos prontito!

Ana.

  • Música «Plage» de Crystal Fighters
  • Fotos con Iphone 7 Plus
  • Gracias a Irene, por el fin de semana y por aguantarme con las fotos 😉

Cheesecake de Chocolate y Baileys

 

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¡Hola a todos!

Sí, lo sé, vuelvo a estar perdida… Pero cuando casi no tienes tiempo ni para respirar, es muy difícil llevar todas las cosas bien. ¡Pero aquí estoy de nuevo! ¡Y con nuevo look! Estoy estrenando nueva imagen en el blog, y aunque le quedan algunos «retoquitos» ya no podía aguantarme más el «ansía viva» de publicar algo.

Creo que no había mejor re-inauguración que con una Cheesecake, pero oiga, ¡vaya cheesecake! Una adaptación de una receta de Alma Obregón, pero en este caso con un toque de queso mascarpone que no pasa desapercibido. Se hace al horno y lleva una ganache de chocolate, todo ello bien aliñadito, en este caso, con Baileys (aunque estoy deseando probarla con otro tipo de licor). La preparé para una cena que tuve hace unas semanas, y perdonadme que no haya fotos del corte de la tarta, ¡pero es que fue un visto y no visto! Aunque os puedo asegurar que como toda ella, era espectacular. Una receta, no demasiado complicada, resultona y evidentemente, deliciosa. La hice en un molde de 18 cm desmontable, el mío es Lékué y la verdad es que desde que los probé, pera este tipo de tartas no quiero otros. ¿Queréis la receta? ¡Pues ahí va!

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Ingredientes:

  • 160 gr de galletas (yo uso tipo Digestive)
  • 80 gr de mantequilla
  • 600 gr de queso de untar ( tipo Philadelphia)
  • 200 gr de queso mascarpone
  • 160 gr de azúcar
  • 60 gr de harina
  • 4 Huevos medianos
  • 70 ml de nata para montar (mínimo 35% materia grasa)
  • 80 ml de Baileys

 

Para el ganache de Baileys:

  • 170 gr de chocolate negro
  • 140 ml de nata para montar (mínimo 35% materia grasa)
  • 40 gr mantequilla sin sal a temperatura ambiente
  • 70 ml de Baileys

 

¡Vamos allá!

  1. Prepara la base de la Cheesecake troceando las galletas hasta que queden molidas completamente. Cuando las tengas, derrite la mantequilla y añádesela a las galletas. Integra bien hasta que quede una masa.
  2. Forra la base del molde con la masa ayudándote con una cuchara, hasta que quede completamente cubierta y más o menos, homogénea. Reserva en el frigorífico mientras preparamos el relleno.
  3. Precalienta el horno a 180ºC
  4.  Ayúdate con un brazo eléctrico o batidora (también puedes hacerlo a mano) y a baja velocidad mezcla el queso de untar, con el mascarpone y el azúcar, hasta que todo quede integrado.
  5. Añade los huevos uno a uno sin dejar de remover
  6. Mezcla el Baileys con la nata, y añade. Remueve con un poco más de intensidad  alrededor de un minuto, hasta que la mezcla coja un poco de aire y cuerpo.
  7. Vierte la mezcla en el molde que teníamos preparado con la base y reservado en el frigorífico.
  8. Introduce en el horno y cocina durante unos 30-40 minutos a 160 grados (dependerá de tu horno). El centro tiene que quedarnos un poco «blandito», pero los laterales deben estar totalmente cuajados.
  9. Deja enfriar a temperatura ambiente y después deja que enfríe unas 4 horas mínimo en el frigorífico.
  10. Vamos ahora a preparar la ganache de chocolate. Para ello vamos a calentar en un cazo la nata hasta que llegue al punto de ebullición.
  11. Añadimos el chocolate troceado y removemos para que se vaya derritiendo en la nata.
  12. A continuación agregamos la mantequilla y el Baileys. Removemos y dejamos que enfríe.
  13. Cuando tengamos la tarta y la ganache frías, con la ayuda de una cuchara o espátula vamos untándola por la superficie de nuestra cheesecake. Volvemos a meter en el frigorífico.
  14. Una media horita antes de consumirla, la sacamos y dejamos que temple a temperatura ambiente. Ahora en verano, creo que este paso podríamos saltarlo… jejeje

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¡Espero que os haya gustado tanto como gustó en la cena (os recuerdo que ni dio tiempo de echarle una fotito al corte) y cómo me gusto a mi!

Nos vemos prontito (ahora sí, de verdad)

Ana.